La chica llega a la caja de la librería con un libro de Osho. El cajero, muy entrador él, le ofrece otro libro además, muy similar y demasiado barato. Era un libro sobre sexualidad metafísica o por el estilo. Ella lo mira, lo ojea sin leerlo realmente y se lo queda. El cajero espera que lo compre. La chica se arrepiente y lo devuelve. Se queda sólo con el de Osho. "Eres buen vendedor", le dice. "Casi me lo llevo. Él sonríe, socarrón. "No es tan buen vendedor", intervengo. Estoy justo detrás de ella en la fila de la caja, medio borracho, poniendo atención a la escena. La chica se voltea y me mira inquisidora. Cuestionando el valor de mi existencia. "Lo que sucede es que usted es muy voluble", agrego. Repasa su diccionario mental y no encuentra la palabra. Me mira con odio pero con gesto de no entender a que me refiero. "Significa que usted es muy fácil". Me detengo un segundo, adrede. "De convencer", concluyo la oración. Me quiere matar. El cajero guarda silencio. Finaliza la venta, la chica se va y me apuñala por última vez con la mirada. Es mi turno, entrego mi libro y pregunto por el precio de un disco con narraciones de Cortázar. "Siempre esperé que alguien me preguntara por ese disco", señala sonriente el cajero al tiempo que me lo entrega para que lo vea. Son poemas. No quiero poemas. El cajero me dice unos títulos al azar y yerra todos. Le digo que me gustarían textos de Rayuela. Particularmente uno. "El capítulo 68", interviene, salvando el escurridizo recuerdo con el que mi memoria no podía dar. "El mismo", le digo. "Es uno lleno de neologismos", me dice. Alzando la voz en "neologismos". Yo lo miro y le digo que no son neologismos. Son palabras inventadas por el autor a las que uno puede darles el significado que quiera. "Un ambigüismo", afirmo, agregando que ese sí podría ser un neologismo. Pero él no me ha puesto atención ya que en el intertanto era objeto de disimuladas burlas de sus compañeros de trabajo por haber usado el término "neologismo". Así que cuando vuelve su atención a mí no sabe que sonrío orgulloso porque he inventado una palabra. Es un momento confuso para él, creo. Le devuelvo el disco porque no lo voy a comprar y sólo llevo aquello que fui a buscar. Eso fue ayer. Hoy terminé el libro que compré y me entretuvo, pero lo encontré desprolijo, un poco predecible y lleno de clichés. Luego de terminarlo, recordé que no le conté esa anécdota a mi amigo que me acompañó a la librería ayer. Probablemente porque estaba un poco borracho. Por eso lo escribo hoy. Para acordarme. Porque no parece una historia tan mala, después de todo. Mi reflexión final sería, entonces, que una persona que no sabe lo que significa ser voluble, no debería ir a una librería o a cualquier tienda, porque le pueden vender cualquier cosa. Un libro de Osho, por ejemplo.
