Es mentira que puedes ver la
torre Eiffel desde cualquier ventana de París. Es mentira que las torres
gemelas iban a durar para siempre. Es mentira que El Cairo es un lindo lugar
para pasear. Es mentira que tus sueños viajan contigo.
Pude dar la vuelta al mundo
persiguiendo un sueño y llegué a casa con las manos vacías. Los optimistas
pueden decir muchas cosas. Sacar las mejores citas jamás dichas por gente más
optimista que ellos. Pero mi optimismo tiene la cuota de realismo de la que el
resto del gremio carece. Así son las cosas. Punto.
Volví al país y ya no quedaba
nadie. Todos mis amigos se habían ido por muy buenas razones. Y yo terminé en
el mismo bar de siempre. Con otro dueño. Con otra gente. Con otro nombre. Dos
años y no queda nada de lo hubo. Ni siquiera la ciudad es la misma. Me pierdo
en las calles que antes podía recorrer con los ojos cerrados. Vuelvo a mi
departamento y me rodeo de todas las cosas que fui juntando a lo largo de los
años. Las junto, la miro, las ordeno, pero me parecen tan ajenas que su inerte
compañía no me hace sonreír.
Sonreír. Cómo extraño sonreír.
Si tan sólo hubiera tomado una
buena decisión.
Pero no estoy aquí para quejarme.
Sólo vine a despedirme para partir de nuevo. Para no volver. Para descansar.
Para extrañar y ver si vienen a mí la clase de recuerdos que hace sentir viva a
la gente.
He aprendido tanto. He entendido
casi todo. Pero de qué me vale si no veo chances de hacer las cosas bien. O al
menos mejor.
Mi madre vive con el temor
latente de que me deprima. Ese debería ser el menor de sus miedos. Lo único
peor que la depresión es llegar a ese punto en que no sientes nada. Ni frio. Ni
calor. Ni pena. Ni alegría. Nada de nada. Estar sentado en un cómodo sofá es lo
mismo que estarlo en una la cuneta de la calle más peligrosa de Mumbai. Esa es
la verdadera muerte.
Qué es la vida sin un solo
recuerdo que te entibie lo poco de alma que te va quedando.

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