miércoles, enero 29, 2014

Lo que queda.

Es mentira que puedes ver la torre Eiffel desde cualquier ventana de París. Es mentira que las torres gemelas iban a durar para siempre. Es mentira que El Cairo es un lindo lugar para pasear. Es mentira que tus sueños viajan contigo.

Pude dar la vuelta al mundo persiguiendo un sueño y llegué a casa con las manos vacías. Los optimistas pueden decir muchas cosas. Sacar las mejores citas jamás dichas por gente más optimista que ellos. Pero mi optimismo tiene la cuota de realismo de la que el resto del gremio carece. Así son las cosas. Punto.

Volví al país y ya no quedaba nadie. Todos mis amigos se habían ido por muy buenas razones. Y yo terminé en el mismo bar de siempre. Con otro dueño. Con otra gente. Con otro nombre. Dos años y no queda nada de lo hubo. Ni siquiera la ciudad es la misma. Me pierdo en las calles que antes podía recorrer con los ojos cerrados. Vuelvo a mi departamento y me rodeo de todas las cosas que fui juntando a lo largo de los años. Las junto, la miro, las ordeno, pero me parecen tan ajenas que su inerte compañía no me hace sonreír.

Sonreír. Cómo extraño sonreír.

Si tan sólo hubiera tomado una buena decisión.

Pero no estoy aquí para quejarme. Sólo vine a despedirme para partir de nuevo. Para no volver. Para descansar. Para extrañar y ver si vienen a mí la clase de recuerdos que hace sentir viva a la gente.

He aprendido tanto. He entendido casi todo. Pero de qué me vale si no veo chances de hacer las cosas bien. O al menos mejor.

Mi madre vive con el temor latente de que me deprima. Ese debería ser el menor de sus miedos. Lo único peor que la depresión es llegar a ese punto en que no sientes nada. Ni frio. Ni calor. Ni pena. Ni alegría. Nada de nada. Estar sentado en un cómodo sofá es lo mismo que estarlo en una la cuneta de la calle más peligrosa de Mumbai. Esa es la verdadera muerte.


Qué es la vida sin un solo recuerdo que te entibie lo poco de alma que te va quedando.



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domingo, enero 12, 2014

Lo que mereces.

No recuerdo la última vez que conté una historia, pero fue hace mucho tiempo de aquello. Y no es que no haya pasado nada digno de ser contado, sólo fue que prometí dejar mi vida para mí. Pero ahí tienen otra promesa rota. No podía ser de otro modo. No cumplo lo que prometo por una razón bien simple, no creo en hacer lo que no quiero hacer. Pues bien, hace dos años conocí a una chica distinta de las que había conocido. Pero esta tenía una particularidad muy especial: sacar lo peor de mí. Y ahí estaba yo, casi un año y medio después de aquello juntando mis pedazos y volviendo a armarme. Pero no quedé igual. Nadie queda igual. Sin embargo, lo que pasó, lo que viví, no viene al caso. Lo realmente importante fue lo que pasó después. Hace unos cuatro meses cuando volvía a casa desde la oficina. Recibí una llamada de una chica que había conocido en una fiesta. Me invitaba a salir. Sí, a mí. Fue raro sentirse considerado como la parte pasiva de una cita. Y era exactamente lo que quería. No iba a hacer nada por nadie que no me motivara, pero tampoco iba a dejar pasar ninguna ocasión de estar con alguien que no pida nada a cambio. Bueno, casi nada. Salimos aquella noche y a la mañana siguiente, cuando regresaba a casa para cambiarme de ropa e ir a trabajar, una idea  se fijó en mi mente: recibiría cada bala disparada por una mujer, pero no iba a caer. Nunca más. El costo serían ellas mismas. Por apuntar donde no corresponde. Evidentemente, también me di cuenta de otra cosa: no iba a ser la buena persona que siempre he pretendido ser ¿por qué? Porque no tiene sentido. Muchas personas actúan por la recompensa que piensan que la vida les debe. Malas noticias. La vida no le debe nada a nadie. Todo lo que tienes es lo que te has ganado. Tienes la vida de mierda que tienes porque te has cagado en todos, pensando que eso iba a quedar así.  Simplemente porque se te debía ¿Y en razón de qué? De nada. La inocencia no hay que probarla. Y lo que recibes de vuelta es exactamente lo que has dado. Si has dado felicidad porque esperas felicidad a cambio no vas a recibir una mierda. Porque hacer las cosas bien es en sí la recompensa. Eso no te lo enseñan en ninguna terapia. Cambiar un punto de vista de un modo tan sutil es el resultado de las experiencias. Y si son malas, más te vale aprender algo. Porque nadie, en serio, nadie, va a cargar gratuitamente con tu pequeña vida. Bueno, probablemente haya alguien tan estúpido como lo fui yo o como lo has sido tú. Siempre hay alguien. Pero nada dura para siempre. Ni el dolor, ni la felicidad, nada. Pero eso ya lo sabían.


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martes, enero 07, 2014

Rocket Man

Extraño mis fotos con cohetes. Esas dónde cumplí sueños de niño. Esos sueños míos y sólo míos que quise compartir contigo, pero que tú no querías saber nada de ellos porque no estuviste allí. Ya casi ni recuerdo como eran, sólo sé que estaban ahí. Altos, majestuosos, como abuelos que cuentan cuentos de viajes a la luna. A lo mejor necesitaba esas fotos. Para verme a mi y recordar que tuvieron que pasar muchos años para comprobar que esos mamarrachos que dibujaba sí existían. No recuerdo bien el viaje. Ni el día. A penas recuerdo lo que sentía. Estaba contento, eso sí lo recuerdo. Tampoco recuerdo con quien estaba. Sé quién era, pero no es parte de lo que pudiera sentir ese día. Era mi día. Y cuando me quitaste las fotos. También rompiste mi sueño. Fue raro como con eso aprendí que los sueños pueden romperse incluso una vez cumplidos. Cambié mi sueño por tu tranquilidad. Ahora no tengo nada. Nada salvo un llavero y un magneto para el refrigerador con forma de transbordador espacial. Pero no estoy yo posando junto a ellos. Ahora son sólo cosas. Como todo lo demás.





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