Hasta el botón de
ascensor te parece algo que debe evitarse. Como a la gente de los pasillos.
Llegas al subterráneo y sólo quieres salir del edificio. Buscas tu auto
haciendo sonar la alarma y tienes esa extraña sensación de que algo no está en
su lugar. Podría ser el lugar o podrías ser tú mismo.
Afuera, con la luz del
sol, todo es igual de oscuro. Te gustaría pensar en tu familia, pero no tienes
una familia en que pensar. Hasta tus padres dejaron de llamarte hace unos cinco
años.
Te alejas del centro y te
vas al bar de putas de siempre. Donde hasta los saludos cuestan algo. Eres el
rey, por supuesto. Pagas por eso. Se te acerca una chica rubia que te aseguran
ser mayor de edad, cuando te consta que no. “Podría ser tu hija”, piensas,
mientras la manoseas de la única forma que crees debe hacerse. Como a la puta
que es.
Sales borracho, una vez
más, y subes a tu auto. Enciendes un cigarrillo mientras te quedas quieto para
que el mundo deje de girar y puedas volver a casa, si es que le puedes llamar
casa a ese departamento en el que vives, en el centro, “cerca de todo”, como
decía el anuncio de la inmobiliaria.
Conduces, según tú,
lentamente. Cautelosamente. Pero no ves como el mundo te hace el quite. Nunca
ves como todos te evitan. Piensas que eso es bueno. Piensas que es respeto. Y
el respeto es bueno. Tú nunca te imaginaste que en realidad lo que te tienen es
miedo. Porque no eres una buena persona. Eres alguien peligroso. Y eres
peligroso precisamente, porque no lo sabes. Y porque nadie te lo va a decir
como yo te lo digo ahora. No me ves ¿cierto? Pero me oyes. Cada vez que te
echas en tu único sofá y dejas el televisor puesto en cualquier canal, para no
sentirte tan solo mientras bebes esos tragos caros y fuertes que no faltan en
tu casa, yo estoy ahí. Esperando. Silencioso. Observante. Me confunden con la
conciencia, pero no soy ella. Ella es mi gemela políticamente correcta. Yo no
soy ella. Y se que soy lo único a lo que le temes.
Entras a tu departamento
y todo esta tal cual como lo dejaste hace un par de días. Lo rancio del aire se
entremezcla con tu tufo alcohólico. Pero tú no sientes nada. Eres malo. Y no lo
sabes. Piensas que el respeto que te tienen es lo único y por eso debe
cultivarse. Nadie te pondrá jamás el pie encima. Nadie te humillará. Todos
deben necesitar de ti. Como tus padres, ahora. Pero ser amable es ser débil. Se
alguien distinto del que ya eres, es perder. Tú no quieres eso.
Te mueves por la
oscuridad de las habitaciones buscando a tientas una botella de algo para
seguir bebiendo. Así es más fácil. Así duele menos. Porque el dolor es para los
pequeños. No para ti. Pero te encuentras, entre la ropa sucia, los diarios y
las botellas vacías del living, conmigo. Tus ojos se llenan de lágrimas, pero
como no conoces la vergüenza, sólo te sientas a pesar como vas a hacer para
sacarme de allí sin que nadie vea nada.
“En pedacitos”, susurro a
tu oído y tus ojos se abren como si acabaras de tener una gran idea.
Ya sabes cómo resolverlo.
Lo que no sabes, es que yo no
me voy a ningún lado, seguiré junto a ti esperando, silencioso, observante. No
puedes esconderme, ni puedes esconderte de mí. No soy tu conciencia. Tú no
tienes conciencia. Soy lo que no puedes evitar. Algunos me llaman “Vueltas de
la vida” pero yo prefiero Venganza. Y soy honesto al decirte que la única oportunidad
para arrepentirse es justo antes de hacerlo. Después de eso. Sabes que te
espero. Lo que no sabes es dónde.

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