Hoy en día todos necesitan vender algo, un producto, una imagen, una idea, lo que sea, no sé exactamente por qué. Por otro lado, todos quieren tener más cosas y pagar lo menos posible por ellas. La gratuidad está sobrevalorada. Ignorar el costo, es no entender cómo funcionan las cosas. La gente en serio cree que lo que les dicen que gratis es efectivamente gratis. Si el diablo existiera, tendría el infierno abarrotado de almas a las que torturar. Es más, si existiera, no tendría que preocuparse por recolectarlas. Con una buena estrategia de marketing podría tener todas las que quisiera. La gente es lo suficientemente estúpida como para no darse cuenta de que puedes envolver un problema en papel de regalo para que terminen pagando por las soluciones. Pero también hay que reconocer la habilidad que tienen algunos para convencer a los demás de las maravillas de las cosas innecesarias. De crear necesidades que no sabías que tenías. De obligarte a competir por algo que en realidad no quieres conseguir. Basta una linda presentación con muy buenas razones para tener algo para que caigas en sus redes. Eso es culpa de las debilidades no asumidas, creo yo. Si sabes lo que te falta y puedes conseguirlo, vas por ello y ya está, se acabó. Pero el problema radica en que algunas personas no son capaces de entender que lo infinito de las necesidades radica en no conocer la pirámide de Maslow. Y cómo los vas a culpar, si en el fondo todos somos tan inseguros que necesitamos validarnos en comparación con otros, porque nuestro punto de referencia ni siquiera es nuestro propio ego sino el ajeno. Es divertido cómo funciona la competencia: buscamos superar o al menos igualar sin darnos cuenta de que el vecino quiere exactamente lo mismo. Y en el país de los mejores terminan siendo todos iguales de mediocres. Es lo mismo, pero al revés, que como cuando tratabas de explicarle a tus padres una mala nota en el colegio. Les decías que todos habían sacado mala nota. Porque, claro, si a todos les va mal, a nadie le va mal. Para arriba es exactamente igual. En cualquier aspecto. Una vez fui a una cena de gala y me preocupé de cumplir con todos los elementos que la etiqueta exigía: me mandé a hacer un traje y una camisa a la medida, compré unos zapatos de suela que hasta el día del evento no había logrado amansar por lo que, además de la presión social estaba sufriendo físicamente, repasé los manuales de conducta por si se me iba algo que la poca práctica me había hecho olvidar, me afeité en una barbería e hice que me recortaran el pelo. Antes de salir me miré al espejo y perfectamente podría haber ido a una recepción con la reina de Inglaterra. Cuando llegué, todos estábamos vestidos exactamente igual y nos habíamos acicalado con el mismo esmero. Las mujeres a penas se diferenciaban por los colores de sus vestidos largos. Me instalaron en una mesa en medio del gran salón y, honestamente, hubiera preferido ir con jeans y zapatillas, para, al menos, estar más cómodo. Cuando un amigo supo que yo también iría quedamos de vernos para conversar un rato, pero llegados al lugar nos buscamos sin éxito. Quise llamarlo, pero nos habían quitado el teléfono en la recepción. Lo que él no supo fue que luego de buscarlo unos minutos entre toda esa gente que me parecía idéntica, me aburrí de hacerlo. Lo otro que no supo fue que cuando me cansé de tratar de dar con él, me fui a casa.
Instalado ya en mi sofá, mirando por la ventana y en calzoncillos y camiseta, me sentí un gran idiota por haber gastado tanto tiempo y dinero en estar elegante para la ocasión, en circunstancias que terminé luciendo igual que todos los demás. Me enojó estar en un lugar donde todos parecían sentirse especiales y resultó que lucían iguales y yo ni siquiera fui capaz de reconocer a mi amigo.

