Esperar
por una conexión de un vuelo retrasado en la terminal semivacía de un
aeropuerto es como un mundo dentro de otro mundo dentro de otro mundo del cual
sólo puedes escapar subido en un avión al que le queda demasiado tiempo para
llegar y llevarte a casa.
Matas el tiempo con cosas relativamente entretenidas,
las primeras horas, luego de eso, vives la repetición de la repetición de un
programa de televisión que apenas te hizo gracia la primera vez. Recorres la
terminal de punta a cabo. Primero en las bandas caminadoras y sin prestar mayor
atención.
Luego optas por caminar, lento, buscando qué hacer, cuando
inevitablemente te quedas mirando las pantallas de salidas y llegadas a ver si
tu vuelo aparece al final de los horarios que muestra, para luego estar atento
a su escalada hasta que, cuando esté por llegar al tope, vayas a hacer la fila
interminable de gente que no sabes de donde salió para, por fin, abordar.
Te
quedas viendo la pantalla y como sabes que no hay nada que te interese por
ahora, lees los otros lugares anotados. Lugares con nombres extraños y otros
con nombres familiares que titilan y van cambiando de posición conforme pasa el
tiempo. Piensas en que deberías ir a alguno de esos lugares algún día, pero te
invade la sensación de saber que lo más probable es que no lo hagas. Porque has
armado tu vida de tal manera que casi la has cerrado por fuera. Entonces esos
lugares se convierten en una fantasía, pero sabes que, al mismo tiempo, son la
realidad de otras personas. Realidades en las que tú no existes ni vas a
existir. Tratas en vano de hacer una lista mental de lugares por visitar y vas
ordenando las ciudades que has elegido desde las más interesantes a las más
prescindibles.
Pero la constante es la misma. Sabes que no las visitarás.
Porque estás atrapado en tu propio cuerpo y sólo puedes ser esa persona y no
otra. Y esa persona que eres ha elegido una vida donde viajar se ha convertido
un pequeño sueño del que despiertas demasiado pronto. No es que te angustie
pasar trescientos cincuenta días en un solo lugar porque no puedes hacer otra
cosa, sino el hecho de que ya elegiste una vida que excluye todas las demás
posibilidades.
O tal vez sólo sea miedo de hacer lo que realmente quieres por
temor a perder ese lugar que tanto te costó conseguir y que llamas hogar.
Piensas que sería genial habitar otros cuerpos y hacer todo lo que quieres sin
perder la seguridad de estar en casa. Luego piensas que puede que tomes la
decisión y, en seguida, el presentimiento de que no vivas lo suficiente para
ver todo lo que quieres ver te acosa como un fantasma y vuelves a tener miedo.
Entonces sigues viendo los nombres de ciudades parpadear en la pantalla y no
hay una chance de que tu vuelo aparezca pronto, así que sigues tu camino hacia
el otro extremo de la terminal y decides quedarte a ver los aviones llegar e
irse sin ti a todos esos lugares que imaginas.
Sientes ganas de fumar, pero no
has visto ningún lugar apropiado para hacerlo. No puedes salir y volver sin
pasar por policía internacional y el solo hecho de pensarlo te hastía.
Vas a la
máquina de bebidas y compras una coca cola. Das unos cuantos sorbos. Escarbas
en tu bolso de mano hasta que das con dos de las pequeñas botellas de whisky
que compraste en el duty free. Miras en todas las direcciones, disimuladamente,
y sólo por precaución y vacías el contenido de las botellitas. Agitas
suavemente el brebaje y ¡voilá! Ya tienes con qué aturdirte hasta que sea la
hora del vuelo. El sol estival desciende lentamente tras unas colinas, sientes
que la luz te baña de dorado, pero ni aún así te sientes un poco especial. Eso
dura poco, y el brillo del sol comienza a dar paso a la penumbra que invade
todo lo que ves.
Sigues inmóvil lo que parecen horas y los aviones no paran de
ir y venir. El tiempo se mide distinto en ese lugar. Los relojes convencionales
no sirven. Los números que ves en las pantallas indicando las llegadas y
salidas son meramente referenciales. Tratas de dormir y maldices al puto genio
que diseñó los asientos del aeropuerto de manera tal que sea imposible coger
una posición decente para descansar, así que eliges el suelo. Junto a la
ventana. Con el bolso por almohada y un poste metálico por respaldo. Has
acabado tu bebida, pero el sueño no viene. Ni el hambre. Ni nada. Le das vuelta
a eso de habitar en otros cuerpos que hagan cosas por ti y caes en cuenta de lo
absurdo de la idea, ya que si lo piensas, tendrías que dividir tu consciencia y
convertirte en un ente colectivo y, por más que nos esforcemos, las sensaciones
son algo físico intransmisible. Las experiencias se filtran en los cuerpos y
salen hechos algo inexorable. Y concluyes que si tu idea fuera posible, podrías
tener mil sensaciones distintas, pero no entenderías ninguna, porque apenas
puedes con las tuyas propias.

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