miércoles, julio 03, 2019

La sonrisa de Borges.





Jorge Luis Borges dijo de sí mismo que no era una persona insensible, por el contrario, se definió como una persona “desagradablemente sentimental”. No sé qué razones tuvieron quienes lo caracterizaban como un hombre frío. Nada más alejado de la realidad. Es cosa de leer su obra, lo que demuestra la tremenda ignorancia de aquellos que han osado criticar su emocionalidad. Nadie con un corazón seco habría podido escribir las maravillas que nos dejó. Si alguien tuvo pase libre entre lo divino y lo humano fue Borges, ahí radica su genialidad. Moros, cristianos y los que no profesan una religión, han podido disfrutar de una literatura exquisita, legado de un genio de las letras como lo fue él. Eso, porque nadie pudo entender las cosas de la forma cómo lo hizo. 

Tuve la suerte de cursar un ramo sobre literatura contemporánea en la universidad. Antes de eso, Borges era sólo un apellido dentro de todos aquellos otros nombres que mi insignificante mente apenas podía retener y, menos, realizar una lectura comprensiva de sus obras, por lo que de haber leído algo de él, antes de entenderlo, seguramente lo relegó a mi casi infinita lista de pendientes. 

Pero no fue sino hasta esa oportunidad en que tuve la ocasión de analizar el trasfondo de sus textos. Para la mayoría, Borges es sinónimo de El Aleph. Y con razón. Pero debo confesar, también, que lo leí y me costó. Es decir, lo entendí, sí, no es complicado entender algo que está explícitamente señalado – además de lo fascinante de la idea del universo y la eternidad contenidos en un minúsculo objeto-, pero, además de esa interesante premisa, que dio lugar a otras, no le di más importancia al autor. De hecho, lo disocié a él y a su Aleph, dejado al autor como uno más y a su creación como algo perfectamente posible. Me hice de la idea, la traje a mi realidad y fui con ella un poco más allá. Recuerdo las conversaciones con mis amigos de la universidad sobre la posibilidad de abstraerse del tiempo y del espacio y ver todo desde afuera. Fue mi primer intento de desaterrizar -si esa palabra existe- la existencia. O sea, pensar en qué podríamos ver si tuviéramos todo lo que ha ocurrido, tiene lugar y pasará, ante nuestros ojos. Sin la opción de cambiar nada, pero adquiriendo una omnisciencia que nos convertiría en seres superiores por el sólo hecho de conocer cómo comenzó y cómo terminará todo. Hasta hoy, que, dada la información existente, es algo cuya posibilidad me provoca menos ansiedad que en mis veintes, pero no por eso dejó de ser una de mis ideas favoritas. Lo que no sabía, era que me faltaba la otra clave que Borges había dejado. Luego, me ocupé en otras cosas y, aparte de una mera inquietud, esa necesidad de conocer y entender quedó allí, en el sótano de mi mente donde estaba contenido el todo que de un modo inexorable me define. 

Así fue como llegué al curso de literatura y nos dieron a leer “El Jardín de los Senderos que se Bifurcan”. Entonces lo vi claramente. Todo estaba resumido en un cuento de pocas páginas. Pero más que un cuento, para mí fue como una brújula existencial que me situó en un lugar completamente desconocido y rodeado de todas las opciones posibles. Fue la semilla de mi árbol del conocimiento. Ya rumiaba el concepto de eternidad, ahora me habían presentado la idea de las infinitas posibilidades; pilares, ambos, del entramado de todo lo que existe. En ese momento comprendí que, a cada instante y sin saberlo, nos sentamos frente al croupier del mundo que nos dice que sólo podemos elegir una carta y que de ella dependerán todas nuestras otras elecciones. 

Pero, volviendo a la persona de Borges, él logró presentárseme como un faro en mi post adolescencia, un guía que me llevó de la mano de sus lecturas y me ayudó a abrirme paso por entre la oscuridad de mi propia ignorancia para darme de comer esa pizca de conocimiento que lo hace a uno sentirse vivo y querer más. Me aboqué a su obra y a su persona. Para aquella época ya había muerto, pero nadie muere hasta que se le olvida, y Borges se las había apañado, sin mucho empeño y puro talento, en convertirse en una persona dotada del don de la eternidad. 

Tengo una foto de él colgada en mi estudio. Está sonriendo. Y su sonrisa tiene algo de lo que pocas personas pueden presumir, porque ya estaba ciego y no podía sonreír en alguna dirección en particular, así que su sonrisa es para todos, es la cinta que envuelve los regalos que la humanidad ha recibido. Es honesta. Es simple. Es humildemente inteligente. A él no le importa que no lo comprendas, pero confía en que algún día entenderás todo, como lo hizo él, y podrás sonreírle de vuela.



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