Extraño mis fotos con cohetes.
Esas dónde cumplí sueños de niño. Esos sueños míos y sólo míos que quise
compartir contigo, pero que tú no querías saber nada de ellos porque no
estuviste allí. Ya casi ni recuerdo como eran, sólo sé que estaban ahí. Altos,
majestuosos, como abuelos que cuentan cuentos de viajes a la luna. A lo mejor
necesitaba esas fotos. Para verme a mi y recordar que tuvieron que pasar muchos
años para comprobar que esos mamarrachos que dibujaba sí existían. No recuerdo bien el
viaje. Ni el día. A penas recuerdo lo que sentía. Estaba contento, eso sí lo
recuerdo. Tampoco recuerdo con quien estaba. Sé quién era, pero no es parte de
lo que pudiera sentir ese día. Era mi día. Y cuando me quitaste las fotos.
También rompiste mi sueño. Fue raro como con eso aprendí que los sueños pueden
romperse incluso una vez cumplidos. Cambié mi sueño por tu tranquilidad. Ahora
no tengo nada. Nada salvo un llavero y un magneto para el refrigerador con
forma de transbordador espacial. Pero no estoy yo posando junto a ellos. Ahora
son sólo cosas. Como todo lo demás.

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