La presa estaba justo frente a mí. No me veía, pero estaba alerta. Se agazapaba en el matorral que era su única protección. No había un tú o yo. Sólo su suerte de que errara mi tiro, un tiro certero desde mi posición.
Me hice cazador porque me cansé de huir. Era yo el perseguido. Siempre en la mira. Escapando, incluso de lo que no me perseguía. Aullaba a la luna por un poco de compañía. Para no morir solo, que seguro iba a pasar. Me rozaban las balas y me herían. Pero nunca pude morir. Porque mi muerte iba a ser la certeza del disparo que buscaba. No quería morir en manos de nadie que no fuera mejor que yo en eso de matar. Por eso me perdí en el bosque.
Vagué años antes de entender que cazar o ser cazado es de lo que se trata la vida. Vivía de lo que encontraba. Bebía lo que había para beber. Y dormía en cualquier lugar. Todo daba lo mismo, porque buscaba matar lo que me habría de matar a mí.
Esa mañana había dejado una nota en mi cabaña. "No volveré si no es para cenar mi destino derrotado". Salí sin cerrar. Dejé atrás todo lo poco que tenía. Me interné en la oscuridad de los árboles y, junto al río, me tendí a esperar. Días. Noches. Y más días. Y más noches. Porque no me iba a rendir.
Una mañana, mi presa quiso beber. Había recorrido su vida hasta el momento en que debía toparse conmigo. Y no me vio. Su final le apuntaba sereno. Como si no le importara.
Le dejé beber. Saciar su sed de semanas. Que sintiera el agua fresca recorrerle hasta que se saciara. Sin prisa. Disfrutando la satisfacción de volver a vivir luego de tanto tiempo caminando.
Cuando llegó el momento, mi dedo en el gatillo no vaciló. El ruido sordo del disparo vació al silencio de su calma. Los pájaros huyeron. Los árboles temblaron. El viento se detuvo un instante.
Entonces vi a la muerte. Al otro lado. Tan lejos como tangible. Acarició a mi presa que yacía inerte y aún tibia. Contuve la respiración y volví a jalar el gatillo, pero no le di a nada.
La muerte vino hacia mí. Se sentó junto al matorral que me ocultaba y vi sus ojos sin expresión. Fue ahí cuando entendí que nada que deba morir sería mío.
Tú no das la vida, pero la quitas –dijo-. Eso no te convierte en un dios. Sólo eres un pequeño tirano esperando ser tiranizado. Porque de eso se trata la cacería. Pierdes un poco de vida con cada una que tomas. Porque no cazas para vivir, sino para vaciar tu existencia de aquello que hace latir tu corazón. Más te valdría disparar al aire si es que crees que un ángel podría caer muerto a tus pies. Al menos eso sí podría pasar.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario