Habíamos tenido tantas veces la misma discusión que
ya la oía sin interés. Habría podido recitar sus argumentos si hubiera querido,
pero no quería. Lo que quería era que se callara. Cuando por fin fue mi turno
de hablar, si es que en ese monólogo existía tal cosa, me limité a mirarla y a
beber de mi copa. Ella exigía una explicación que yo no tenía. Tampoco tenía
ganas de esforzarme por encontrarla. Nada iba a cambiar de todas maneras.
Desde mi rincón vi volar los platos. La comida en
el suelo. Y sus manos cubriendo su rostro. Nunca pude averiguar si lo que
realmente sentía era rabia, porque su ausencia de entusiasmo o su cansancio, no
sé, eran para mí un guion malamente ensayado.
Recuerdo haber ido por cosas para limpiar, mientras
ella se encerraba en nuestra habitación que, para esos efectos, se convertía en
su fortaleza.
Puse la televisión sin volumen y esperé a que
viniera el sueño. En mi cabeza giraban ideas incontables, pero todas terminaban
con sangre. Apagué el televisor y puse música. Encendí otro cigarro y decidí
hacer algo. No en ese momento. Quería pensarlo mejor. Así que decanté mis
pensamientos con alcohol hasta que casi me dormí en el sofá.
Cuando espabilé, ya era de madrugada. No hacía
frío. Tomé las llaves del auto y salí. Di vueltas por la ciudad buscando algo
que no encontré. Hasta que por fin todo pareció encajar. Me acerqué a un cajero
automático y saqué todo el dinero que pude. Tiré una moneda y la cara de un
prócer de la patria me dijo que fuera hacia el norte. Lo que no me dijo era si
debía volver en algún momento.
La carretera se abría para mí como las piernas de
mi primer amor. Con facilidad. Con calma. Sonriéndome. Y yo, torpe, sólo
pensaba en mí. El sol despuntaba cuando el hambre pateó mi estómago. Pasé a una
bencinera a cargar combustible y comer algo. Devoré con furia, pero no toqué el
café. Lo dejé para después. Una vez afuera, la hora más fría era tan inclemente
como se supone que debe ser. Los camiones hacían vibrar el suelo donde estaba sentado
mirándolos pasar.
En retrospectiva, ha sido una de las pocas veces en
que me he sentido un tipo normal. Con un café en una mano, un cigarro en la
otra y algo que hacer. Las decisiones no se me daban tan bien en ese entonces,
pero de viajar no me he arrepentido nunca. Volví al auto y tome la
carretera otra vez. Puse la radio, busqué alguna canción de la infancia en una
radio AM que me acompañaría tanto como el alcance de la estación, hasta que la
encontré. Despecho. Soledad. Traición. Abandono. Eso era el amor en los
ochentas. Eso ha sido el amor desde siempre.
Bajé las ventanillas para que entrara ese aire
violento del exceso de velocidad. Para que se llevara hasta el último vestigio
de duda que pudiera quedar. Pero la duda es como una mala idea, tentadora y
perversa. Así que viajé con ella. Por si algún día decidía volver.
Tome la salida que debía tomar. Entré en una ciudad
que apenas alcanzó a conocerme. Casi no había gente en las calles. Las almas
viejas que me veían pasar se me quedaban viendo. Yo les sonreía de vuelta. Me detuve
y conseguí un periódico, leí las noticias locales y noté que todo seguía igual.
Luego pasé a una tienda, compré mi excusa, bellamente envuelta en un papel tan
brillante como la mentira. Volví al auto y enfilé por la calle principal hasta
los suburbios. Los vecinos paseaban a sus perros. Las vecinas trotaban. Y uno
que otro jardinero embellecía ese paisaje idílico.
Me detuve frente a una casa pintada de azul. Apagué
el motor y bajé. Me miré en el reflejo del espejo del conductor y deseé no
haber pasado la noche en vela. Me arreglé el pelo y enfilé por el camino de la
entrada. Saqué las llaves de mi bolsillo y entré en silencio. Subí al segundo
piso y entré en su habitación. Mi mujer dormía plácidamente. La besé en la
frente y ella sonrió. Me miró soñolienta y le mostré orgulloso las flores que
le había comprado. Ella saltó de la cama y se colgó de mi cuello. Me besó como
a un soldado que vuelve de la guerra. Me acosté junto a ella y dormimos abrazados.
Extrañaba su olor. Su calor. Su piel siempre blanca y suave. Por un momento me sentí
en casa otra vez. Y me hubiera gustado que el hogar que siempre he buscado fuera
ese instante de claridad. Porque un hogar no es un lugar, es el momento en el
que quieres vivir.
Uno nunca sabe dónde está el cielo hasta que lanza
una moneda al aire.

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