jueves, septiembre 17, 2015

Delicias conyugales.




Habíamos tenido tantas veces la misma discusión que ya la oía sin interés. Habría podido recitar sus argumentos si hubiera querido, pero no quería. Lo que quería era que se callara. Cuando por fin fue mi turno de hablar, si es que en ese monólogo existía tal cosa, me limité a mirarla y a beber de mi copa. Ella exigía una explicación que yo no tenía. Tampoco tenía ganas de esforzarme por encontrarla. Nada iba a cambiar de todas maneras.

Desde mi rincón vi volar los platos. La comida en el suelo. Y sus manos cubriendo su rostro. Nunca pude averiguar si lo que realmente sentía era rabia, porque su ausencia de entusiasmo o su cansancio, no sé, eran para mí un guion malamente ensayado.

Recuerdo haber ido por cosas para limpiar, mientras ella se encerraba en nuestra habitación que, para esos efectos, se convertía en su fortaleza.

Puse la televisión sin volumen y esperé a que viniera el sueño. En mi cabeza giraban ideas incontables, pero todas terminaban con sangre. Apagué el televisor y puse música. Encendí otro cigarro y decidí hacer algo. No en ese momento. Quería pensarlo mejor. Así que decanté mis pensamientos con alcohol hasta que casi me dormí en el sofá.

Cuando espabilé, ya era de madrugada. No hacía frío. Tomé las llaves del auto y salí. Di vueltas por la ciudad buscando algo que no encontré. Hasta que por fin todo pareció encajar. Me acerqué a un cajero automático y saqué todo el dinero que pude. Tiré una moneda y la cara de un prócer de la patria me dijo que fuera hacia el norte. Lo que no me dijo era si debía volver en algún momento.

La carretera se abría para mí como las piernas de mi primer amor. Con facilidad. Con calma. Sonriéndome. Y yo, torpe, sólo pensaba en mí. El sol despuntaba cuando el hambre pateó mi estómago. Pasé a una bencinera a cargar combustible y comer algo. Devoré con furia, pero no toqué el café. Lo dejé para después. Una vez afuera, la hora más fría era tan inclemente como se supone que debe ser. Los camiones hacían vibrar el suelo donde estaba sentado mirándolos pasar.

En retrospectiva, ha sido una de las pocas veces en que me he sentido un tipo normal. Con un café en una mano, un cigarro en la otra y algo que hacer. Las decisiones no se me daban tan bien en ese entonces, pero de viajar no me he arrepentido nunca. Volví al auto y tome la carretera otra vez. Puse la radio, busqué alguna canción de la infancia en una radio AM que me acompañaría tanto como el alcance de la estación, hasta que la encontré. Despecho. Soledad. Traición. Abandono. Eso era el amor en los ochentas. Eso ha sido el amor desde siempre.

Bajé las ventanillas para que entrara ese aire violento del exceso de velocidad. Para que se llevara hasta el último vestigio de duda que pudiera quedar. Pero la duda es como una mala idea, tentadora y perversa. Así que viajé con ella. Por si algún día decidía volver.

Tome la salida que debía tomar. Entré en una ciudad que apenas alcanzó a conocerme. Casi no había gente en las calles. Las almas viejas que me veían pasar se me quedaban viendo. Yo les sonreía de vuelta. Me detuve y conseguí un periódico, leí las noticias locales y noté que todo seguía igual. Luego pasé a una tienda, compré mi excusa, bellamente envuelta en un papel tan brillante como la mentira. Volví al auto y enfilé por la calle principal hasta los suburbios. Los vecinos paseaban a sus perros. Las vecinas trotaban. Y uno que otro jardinero embellecía ese paisaje idílico.

Me detuve frente a una casa pintada de azul. Apagué el motor y bajé. Me miré en el reflejo del espejo del conductor y deseé no haber pasado la noche en vela. Me arreglé el pelo y enfilé por el camino de la entrada. Saqué las llaves de mi bolsillo y entré en silencio. Subí al segundo piso y entré en su habitación. Mi mujer dormía plácidamente. La besé en la frente y ella sonrió. Me miró soñolienta y le mostré orgulloso las flores que le había comprado. Ella saltó de la cama y se colgó de mi cuello. Me besó como a un soldado que vuelve de la guerra. Me acosté junto a ella y dormimos abrazados. Extrañaba su olor. Su calor. Su piel siempre blanca y suave. Por un momento me sentí en casa otra vez. Y me hubiera gustado que el hogar que siempre he buscado fuera ese instante de claridad. Porque un hogar no es un lugar, es el momento en el que quieres vivir.


Uno nunca sabe dónde está el cielo hasta que lanza una moneda al aire.


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