domingo, diciembre 28, 2014

Una Carta.


Yacíamos tendidos en la cama. Mirábamos el techo. ¿Y acaso había algo más que hacer? Tú me dijiste que esto tenía que terminar justo antes de que me tomaras de la mano y me llevaras a la habitación. Pero eso había sido hace rato ya. Ahora no sabías que decir y yo no tenía nada que responder de todos modos. Me miraste largamente. Como buscando algo que no estaba allí. Querías que dijera algo y a mí no se me ocurría nada. Sólo te miraba como buscando algo, también. Sonó tu teléfono, te levantaste, lo miraste, no contestaste, lo dejaste donde estaba y volviste a la cama conmigo. Me abrazaste y volvimos a nuestro juego de no decir nada. Nos invadió el sueño y nos dormimos. Abrazados. Como si nos quisiéramos. Pero no. Nunca llegamos a querernos. No al menos antes de que todo terminara. Desperté antes que tú, me vestí y salí. Caminé hasta la tienda y compré cosas para desayunar. Cuando volvía, me llamaste. Querías sabe dónde estaba. Pensaste que me había ido para siempre. Pero ya iba de vuelta. Subí. Llamé a tu puerta. No abriste. Insistí. No estabas. Me senté en el suelo a esperar. No quise llamarte. Pensé que habías ido por mí. Pasaron las horas y los vecinos que me miraban con cara rara. Te llamé y escuché tu teléfono repicar dentro. Dejé las bolsas en tu puerta y me fui a casa. No llamaste. Yo tampoco volví a llamar. Pasó el otoño y luego el invierno y nadie supo que fue del otro. Yo nunca dejé de pensar en ti. Cobardemente borré tu número. Supuse que era lo que se hacía en esos casos. Y supuse también que tú también lo hiciste con el mío. Llegó la primavera y te vi por casualidad en el mismo bar en que nos habíamos conocido hace ya dos veranos. Estabas con una amiga, supongo. Yo estaba solo, como casi siempre. Me viste, pero fue como si yo no estuviese allí. Decidí pagar e irme. Era una fría primavera, pero caminé a mi casa. Sentado en el sofá, fumé un cigarrillo y mientras se consumía, también se hacía cenizas mi secreta esperanza de que me llamaras o algo. Nada ocurrió. Así que mientras bebía una cerveza y veía una película, me dije que estaba bien así. Luego me fui a dormir. Solo, por supuesto.

Fui a una fiesta a la que no quería ir. Pero ya estaba allí y había gente agradable. Conversábamos cosas interesantes y una chica que no conocía, que venía llegando de Grecia o de Turquía, no recuerdo bien, me preguntó si te conocía. Le dije que sí, pero que hacía demasiado tiempo que no sabía nada de ti. Me contó que te habías ido del país a estudiar una especialidad en Suecia. No te imaginé hablando sueco, apenas hablabas inglés mejor que yo, lo que no es mucho. La chica me dijo que me vio esa noche en el bar. Tú también, evidentemente. Que hablaron de mí. Cosas buenas. Muy buenas, de hecho, dijo. No se me ocurrió qué. Me dijo que volvías el próximo invierno. Que si quería hablar contigo, podía darme tu número telefónico de Suecia. Me lo dio. Era un número raro. Tenía muchos cuatros. Intercalados entre otros números totalmente aleatorios. Inmemorizables. Lo guardé en la agenda de mi teléfono y le di las gracias. Nunca lo usé, de todas maneras. Luego alguien vino a hablarme y me excusé. Ella sonrió y dijo que me veía al rato. Me fui temprano, caminando, esperando que pasara un taxi, sin mucha suerte, hasta que uno se detuvo y tu amiga me invitó a subir. Dijo que iba a otra fiesta, si quería ir con ella, que no conocía mucha gente allí. “Yo menos”, le dije. “Mejor, así hablo contigo”, contestó. Llegamos a un lugar no muy lejos del centro. Era una casa oscura. La música sonaba moderadamente por sobre las conversaciones de los invitados. Me hice de una cerveza y me senté en un sofá hasta que vino tu amiga a hacerme compañía. Conversamos casi toda la noche. No hablamos de ti. Luego nos fuimos a mi departamento. Nos acostamos.

¿Recuerdas cuando me dijiste que las cosas no tienen por qué ser buenas o malas, que solo ocurren? Bueno, eso yo ya lo sabía. Nos vimos un tiempo con tu amiga hasta que un día decidimos estar juntos. Creí que deberías saberlo, aunque entiendo que ya lo sabías. Y que no te molestó. Cómo podría haberte molestado, en todo caso. Tu amiga y yo nos llevábamos bastante bien, hasta que un día me preguntó por ti. Le dije cómo te había conocido. Que no fue gran cosa, haberte conocido, y que a lo que tuvimos sólo le faltó un cierre. Ella opinó que yo tenía razón. No hablamos más de ti. El siguiente otoño decidimos vivir juntos. Me mudé con ella y dejé en arriendo mi departamento. Compramos un perro y lo llamamos Bobby. Un nombre común pero poco utilizado en estos tiempos. Un día ella me dijo que la habías llamado y me contó que al parecer te quedabas en Suecia, que habías conocido a alguien y te quedarías allá por él. Nos alegramos por ti e incluso brindamos. Esa noche decidimos tener un hijo. Y lo tuvimos. Ella eligió el nombre porque yo perdí la apuesta sobre si era niña o niño. De todos modos yo estuve de acuerdo con eso. Fue varón. Dicen que es igual a mí, por lo que no me molesta haber perdido la apuesta. Ella me dijo que tú también estuviste embarazada, pero lo perdiste. Nos dio mucha pena cuando nos enteramos (ella me cuenta todo). Pero me dijo también que de todas maneras eras feliz, que lo intentarías nuevamente. Ella está segura que todo saldrá bien esta vez. Yo pienso lo mismo. 

El día en que fuimos al funeral de su padre, ella no era capaz de articular palabra. Estuvo todo el día en silencio. No habló con nadie. Era como si el resto no existiéramos. No habló conmigo ni con nuestro hijo. Esa noche durmió donde su madre. Con su madre. Nosotros volvimos a casa y al día siguiente llegamos temprano para desayunar. Yo no sabía muy bien que hacer. Le compré flores a ella y a su madre. Unas lindas margaritas. Siempre he considerado que son flores que alegran. Creo que algo de efecto hicieron. Ella me sonrió. Abrazó a nuestro hijo cuando se las entregó. Luego me abrazó a mí y me dijo al oído, en un susurro, que me amaba. Fue raro. Nunca había sido tan feliz en mi vida. Siempre trato de recordar su voz en ese momento cuando tengo miedo. Cierro los ojos y todos mis demonios se van. Cuando volvimos a casa ese día, decidimos tener otro hijo. Esta vez yo gané la apuesta y la niña lleva un nombre que yo elegí. A ella pareció gustarle. Sé cuando le gustan las cosas que hago o digo, porque sus ojos sonríen antes de que lo haga su boca. He llegado a conocerla tan bien, que puedo incluso adelantar un abrazo si lo necesita. 

Vamos al parque los fines de semana, para que los niños jueguen y tomen algo de aire fresco. Nosotros llevamos libros, pero avanzamos muy poco, porque estamos muy pendientes de ellos. Ya sabes, porque te sucede con el tuyo, que no puedes quitarles el ojo ni por un momento, que es ahí cuando ocurren las cosas. Justo cuando dejas de ver, aparece el daño. Por suerte, nuestros hijos tienen cuatro ojos sobre ellos. De todas maneras, nunca me canso de mirarlos. Sólo dejo de hacerlo cuando estoy seguro de que ella lo está haciendo. Esos instantes los aprovecho para mirarla furtivamente. Hasta que ella se da cuenta y rápidamente vuelco mi atención en los niños. Parezco un adolescente enamorado. Sé que a ella le gusta eso. Lo de las miradas. Porque por el rabillo del ojo, la veo sonreír disimuladamente. Han pasado cuatro años y sigo sintiéndome igual con ella. No es algo que se pueda describir con facilidad, pero lo intentaré. ¿Te has fijado cuando las olas se recogen y una fina película de agua va quedando atrás, como esperando que la marea vuelva con su ímpetu, a llenarlo todo? Yo soy el agua que va quedando. La espero ansioso cada vez que se va, sólo porque necesito verla venir, corriendo, a abrazarme. Todos los días es igual. Cuando a mí ya no me queda nada para dar, ella viene y me llena con su existencia. 

Te estarás preguntando, por fin, por qué te cuento todo esto, precisamente a ti. Porque pienso que lo que tengo es gracias a ti. No sé qué hablaste con ella esa noche de primavera. Nunca me lo dijo. Pero creo que antes de que pasara todo, ella ya me quería y no podría ser por otra que por ti. Por eso quería darte las gracias. Por hacerme, sin saber, el regalo más grande que un hombre puede querer. Una gran mujer. Claro que yo puse de mi parte. Y sigo haciéndolo todos los días. Pero estoy seguro que tú diste el primer toque para que toda esta maquinaria, que algunos llaman destino, se pusiera en movimiento y funcionara a mi favor. 

Por eso te escribo. Porque las cosas ocurren sin ser buenas ni malas, y a veces uno equivoca su pensar, y tiene que reconocer que después de tanto tiempo haciendo el loco, algo bueno tenía que suceder. Por eso sigo recordándote, ahora más que nunca. Porque necesitaba agradecértelo. Porque aún te debo el desayuno.




Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

No hay comentarios.: