"Famoso, adj. Notoriamente miserable". -Ambrose Bierce.
Las historias que tengo para contar son lo de menos. Mi vida no son mis historias, como creen. Mi vida es lo que no se cuenta. Un reducto de soledad y buenas canciones. Eso es lo que guardo para mí y es lo mejor de mí. Lo que tengo que contar es lo que no puedo dejar guardado. Son las tormentas que pasan sólo si las dejas ir. Para que las disfruten otros, como las disfruté yo en su momento. Aunque no soy un fan de las tragedias. Las tragedias le gustan sólo a la gente trágica. No me refiero a tragedias como la de Edipo o la del Titanic o la del Hinderburg. O a más recientes, como la de las torres gemelas. Recordadas por la historia. La gente trágica disfruta de esas tragedias minúsculas. Que no le importan a nadie más que a ellos. Sus propias tragedias. Las insignificantes tragedias personales no son más que el reflejo de lo grandes que se sienten, sin serlo. A todos nos suceden cosas. La mayoría las sobrevivimos y aprendemos de ellas. Pero eso no cambia nada. El mundo sigue sin que le importemos. Nunca he podido entender eso de los demás. Qué les hace pensar que son tan importantes. Cómo se ven que piensan que al resto nos debería importar lo que les pasa. Quiero decir, he visto portadas de diarios con fotos de gente insignificante, que llama la atención de gente más insignificante que se preocupa de lo que les pasa. Que si se puso tetas. Que si se murió por imbécil. Que si la embarazó el más idiota del mundo y ahora no quiere reconocer a su hijo, como si no hubiera sabido eso en primer lugar. Autodenominadas noticias que se van tan rápido como llegan. Gente que desfila ante ellas y opina y se preocupa y luego sigue con sus vidas. Como si esas insignificantes vidas rellenaran el vacío de las suyas propias. El existencialismo no es lo mío. Confío en quien se supone debo confiar y hasta que merece mi confianza. Luego de eso, sigo con mi vida. La comparto con quien me comparte la suya y no me arrepiento de haberlo hecho aunque a cambio no haya recibido mucho. Bueno, me arrepiento sólo un poco, a veces, pero en general creo que estuvo bien. Digo lo que pienso y trato de no herir a nadie. Se me olvida que la verdad duele a veces. Y muchas he tenido que tragarme la rabia de saber mis propias verdades. Pero en silencio. Sin escándalo.
El otro día reflexionaba sobre las penas negras. Se me vino a la mente porque yo mismo andaba vestido de negro. Y llegué a la conclusión que la vestimenta y las penas negras tienen algo en común. La elegancia. Pero no la elegancia en un sentido puramente banal. La elegancia como algo digno de destacarse. El negro representa –o es, se supone- la ausencia de luz, o lo que es lo mismo, la oscuridad. Eso que impide ver lo que guarda. O lo que esconde. El negro no busca destacar. Está presente, hace lo suyo en silencio y se va cuando debe irse. O se queda y uno aprende a convivir con él. Como con la depresión. El color negro y la pena negra tienen dignidad. No buscan la luz, se esconden de ella. Incluso ante la luz se camuflan como una sombra más. He visto gente enfrentada a una tragedia personal y la ve como una oportunidad de brillar. Gente nefasta que sería capaz de lanzar fuegos artificiales con tal de hacerse ver en desgracia. Penas colorinches y chabacanas. Penas ordinarias y deslavadas, después de todo. Brillar en la desgracia, eso es lo que le gusta a la gente trágica. Eso es lo que no me gusta de ellos. Eso es lo que me hacer mirar las portadas de los diarios y sonreír condescendientemente.
Algunas veces combino negro con gris. Es cuando trato de parecer normal. Otras visto una camisa blanca. Es cuando no quiero parecer un inadaptado. La elegancia, en todo caso, se mueve en la escala de grises. Y solo puede adornarse con algo rojo. Como la sangre.

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